De la carrera 7, Pinochet y la democracia digital.
El último y apresurado día de mi viaje a Colombia contemplaba una última noche en la Candelaria, seguida de 5 horas por la mañana para las cuales había planeado una irrazonable cantidad de tareas para aquel corto tiempo, comunes supongo, de un viajero oficinista fugaz por Latinoamérica.
Era aquella avenida amplia y larga que conducía directamente a la plaza Bolívar, la había recorrido casi de principio a fin dos veces desde las siete de la mañana, intentando buscar los más livianos, económicos y representativos recuerdos de aquel viaje que estaba por terminar, con cada paso que daba, contemplaba poblarse cada vez más aquella avenida de comerciantes que tendían apresuradamente mantas sobre el piso, para colocar encima de ellas de los más diversos artículos que uno podría imaginar.
En unos momentos comenzaría a parecer el mismo sitio en el que me encontraba hacía una semana, probando a cada paso todos aquellos bocadillos bogotanos de cantidades que entonces me parecían todavía exorbitantes, en realidad no sobrepasaban los quince pesos mexicanos.
Estaba casi por llegar de nuevo al edificio que guarda al museo del Oro cuando comenzó mi desesperación, mi hostal se encontraba a tres cuadras de allí y el tiempo no me daría para recorrer una vez más aquel enorme mercado que a cada instante se volvía mas difícil de transitar, debía gastar los últimos pesos colombianos que cargaba en la bolsa antes de que me fueran inútiles y terminara comprando mi primer Juan Valdez en tierra colombiana dentro la sala de espera del aeropuerto.
Fue cuando aparecieron frente a mis ojos, ahora me parece ilógico no haber pensado en ellos antes, pero en esos momentos de desesperación, solo pasaba mis ojos rápidamente por un mar de artefactos que mi mente enjuiciaba casi automáticamente sin el menor rigor.
Inmediatamente me acerque al que parecía ser el vendedor, no contaba ya con tiempo para levantar o escrutinar entre aquella biblioteca de olvido bogotano, pregunté -¿Qué tienes de autores Colombianos?- El hombre quedo pasmado por un instante, para responder después que él no era el vendedor, pero había varios de García Márquez. No era exactamente la respuesta que esperaba pues era el único que tenia en mente antes de lanzar mi pregunta, pero sin tiempo para más conversación y siguiendo el señalamiento de su mano, me agache y cogí los 3 primeros libros en los que vi el nombre del mítico autor.
Así fue como volví a la ciudad de México cargando en una bolsa rota Relato de un náufrago, Cien años de soledad y La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile. Fue tan ridículamente barato el precio que pague por los tres, que aún contra mis principios y expectativas de no hacerlo, termine en la sala de abordaje 22 del aeropuerto el Dorado, tomando mi primer y último café de 12 onzas Juan Valdez, ojeando por primera vez en físico Cien años de soledad.
Lo que me trae al inicio de mi tercer semana en cuarentena, y en realidad el tema de este blog... (creo que no debí hacer tan larga la introducción jajaja)
Habían pasado casi ya 4 meses desde que estos viejos libros permanecían en mi librero esperando a ser leídos. Tuvo que caer una pandemia en el mundo, tuve que perder mi celular por completo en plena cuarentena (después escribiré de aquello) y parecerme tan inusual ir al baño sin algo que hacer, para que mirara aquellos libros y comenzara por fin a leerlos.
Que provechosa puede ser una cuarentena cuando uno tiene un libro y ninguna forma de usar su celular, no? no recuerdo cuando fue la ultima vez que termine un libro completo en un día, a decir verdad creo que tal vez solo lo había hecho en aquellos días de Prepa en los que desafortunadamente me enteraba en plena clase que al día siguiente tendría un examen que llevaba al menos un mes agendado y no había de otra que correr a la biblioteca y gastar mi tarde entera sumergido en novelas clásicas de literatura universal.
En fin, hoy a las 8 de la mañana al despertar, no tenia la menor idea de quién era Miguel Littín y doce horas después, termine viendo un documental en la página de la cineteca chilena sobre la historia de este director de cine prófugo en tierra propia, que tuvo los cojones de burlar el exilio que le había impuesto el régimen de Pinochet para como él lo dice; "ponerle una cola de burro de treinta y dos mil metros al General".
Lo que a su vez dio un poco en perspectiva del como habría de ser vivir dentro de aquel régimen totalitarista, aquella tortuosa dictadura que Augusto Pinochet ejerció sobre el pueblo chileno.
Para alguien como yo que desde su infancia y sobretodo, desde que tengo conciencia, he vivido en un país "democrático" (al final tal vez logre explicar la razón de las comillas) le es totalmente ajeno el imaginar los atropellos, las injusticias y la represión que se tiene que vivir en tales circunstancias.
El otro día me encontré comentando con mi madre lo desesperante y enfermizo que es Twitter en especial, (usualmente no lo suelo usar, pero por eso de la cuarentena y "las noticias inmediatas" me dispuse a descargármelo). De verdad, es una especie de campo de batalla sucio en el que cualquier cantidad de individuos tras máscaras falsas despotrican unos contra otros, a veces tomando bandos y otros como caudillos solitarios plantando cara a un batallón completo de inverosímiles soldados de la ignorancia, del estrés y el desquicio. Descargando su furia contenida contra cualquier tipo de discurso que 280 caracteres puedan construir.
Las redes sociales y en especial esta se han vuelto un lienzo para desbordar toda la libertad y democracia que creemos y presumimos tanto tener, esa se ha vuelto la democracia a la que aspiramos hoy en día, el poder opinar abiertamente detrás de un seudónimo es aquello que nos hace sentir libres, integrantes activos de la sociedad democrática actual.
Pienso en el gran poder que estas solitarias guerrillas digitales pueden tener sobre las masas, me parecería difícil de creer que hay personas que basen su juicio y sus ideales en estos marranales, sin embargo es una realidad que así lo hacen. Me parece una incongruencia del tamaño de la red que existan personas que pongan más atención en el tweet de un usuario X, que por alguna razón escalo en algún trending que al subsecretario de prevención y promoción de la salud, que diariamente dos veces, repite hasta el cansancio la información oficial referente a la pandemia, frente a periodistas que parece que solo buscan un hilo del que jalar, para así dar rienda suelta a la bandada de epidemiólogos que surcamos las aguas de twitter. Y no es cuestión de ser de izquierda o derecha, rico o pobre, letrado o no, es cuestión de entender que el que nos aqueja hoy, es un tema que atenta contra nuestra misma vida y no es momento para reclamos y politizar la situación, es momento de ser unidos, solidarios y cocientes de que es algo que no superaremos individualmente, después habrá tiempo para lo demás.
Me imagine inmediatamente como las fuerzas militares y policiales de Pinochet hubieran reprimido al instante cualquier comentario en una situación similar, por supuesto que no estoy poniéndome a favor de este, ni legitimando su actuar, pero es una realidad que en sociedades como la nuestra, esta pandemia realmente puede atentar en convertirse rápidamente en una catástrofe.
Viendo un mini-ducumental de la cuarentena en Wuhan y en Pekin me impresione de la cooperación de la sociedad, no necesariamente fruto del respeto al virus si no, de respeto al régimen. Con partidarios civiles en cada esquina, mismos que funcionan como los ojos y voz del régimen, le permitían mantener un estricto control de las calles y de las personas que transitaban en ellas, se controlo la situación en el epicentro de la tragedia sólo dos meses después.
Es irónica la situación, la única forma que conocemos para frenar esta catástrofe es manteniendonos separados y para hacer esto debemos estar unidos.
Lo triste de esto, es que nos estamos demostrando que tal vez los únicos ingredientes comprobados para mantener unido a un pueblo, o al menos mantenerlo con el mismo objetivo es a través del miedo y el control..
Y me acabo de dar cuenta también que tal vez mi celular se jodió por descargarme Twitter :(
En fin, mañana será otro día, esperamos aquí seguir.

Era aquella avenida amplia y larga que conducía directamente a la plaza Bolívar, la había recorrido casi de principio a fin dos veces desde las siete de la mañana, intentando buscar los más livianos, económicos y representativos recuerdos de aquel viaje que estaba por terminar, con cada paso que daba, contemplaba poblarse cada vez más aquella avenida de comerciantes que tendían apresuradamente mantas sobre el piso, para colocar encima de ellas de los más diversos artículos que uno podría imaginar.
En unos momentos comenzaría a parecer el mismo sitio en el que me encontraba hacía una semana, probando a cada paso todos aquellos bocadillos bogotanos de cantidades que entonces me parecían todavía exorbitantes, en realidad no sobrepasaban los quince pesos mexicanos.
Estaba casi por llegar de nuevo al edificio que guarda al museo del Oro cuando comenzó mi desesperación, mi hostal se encontraba a tres cuadras de allí y el tiempo no me daría para recorrer una vez más aquel enorme mercado que a cada instante se volvía mas difícil de transitar, debía gastar los últimos pesos colombianos que cargaba en la bolsa antes de que me fueran inútiles y terminara comprando mi primer Juan Valdez en tierra colombiana dentro la sala de espera del aeropuerto.
Fue cuando aparecieron frente a mis ojos, ahora me parece ilógico no haber pensado en ellos antes, pero en esos momentos de desesperación, solo pasaba mis ojos rápidamente por un mar de artefactos que mi mente enjuiciaba casi automáticamente sin el menor rigor.
Inmediatamente me acerque al que parecía ser el vendedor, no contaba ya con tiempo para levantar o escrutinar entre aquella biblioteca de olvido bogotano, pregunté -¿Qué tienes de autores Colombianos?- El hombre quedo pasmado por un instante, para responder después que él no era el vendedor, pero había varios de García Márquez. No era exactamente la respuesta que esperaba pues era el único que tenia en mente antes de lanzar mi pregunta, pero sin tiempo para más conversación y siguiendo el señalamiento de su mano, me agache y cogí los 3 primeros libros en los que vi el nombre del mítico autor.
Así fue como volví a la ciudad de México cargando en una bolsa rota Relato de un náufrago, Cien años de soledad y La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile. Fue tan ridículamente barato el precio que pague por los tres, que aún contra mis principios y expectativas de no hacerlo, termine en la sala de abordaje 22 del aeropuerto el Dorado, tomando mi primer y último café de 12 onzas Juan Valdez, ojeando por primera vez en físico Cien años de soledad.
Lo que me trae al inicio de mi tercer semana en cuarentena, y en realidad el tema de este blog... (creo que no debí hacer tan larga la introducción jajaja)
Habían pasado casi ya 4 meses desde que estos viejos libros permanecían en mi librero esperando a ser leídos. Tuvo que caer una pandemia en el mundo, tuve que perder mi celular por completo en plena cuarentena (después escribiré de aquello) y parecerme tan inusual ir al baño sin algo que hacer, para que mirara aquellos libros y comenzara por fin a leerlos.
Que provechosa puede ser una cuarentena cuando uno tiene un libro y ninguna forma de usar su celular, no? no recuerdo cuando fue la ultima vez que termine un libro completo en un día, a decir verdad creo que tal vez solo lo había hecho en aquellos días de Prepa en los que desafortunadamente me enteraba en plena clase que al día siguiente tendría un examen que llevaba al menos un mes agendado y no había de otra que correr a la biblioteca y gastar mi tarde entera sumergido en novelas clásicas de literatura universal.
En fin, hoy a las 8 de la mañana al despertar, no tenia la menor idea de quién era Miguel Littín y doce horas después, termine viendo un documental en la página de la cineteca chilena sobre la historia de este director de cine prófugo en tierra propia, que tuvo los cojones de burlar el exilio que le había impuesto el régimen de Pinochet para como él lo dice; "ponerle una cola de burro de treinta y dos mil metros al General".
Lo que a su vez dio un poco en perspectiva del como habría de ser vivir dentro de aquel régimen totalitarista, aquella tortuosa dictadura que Augusto Pinochet ejerció sobre el pueblo chileno.
Para alguien como yo que desde su infancia y sobretodo, desde que tengo conciencia, he vivido en un país "democrático" (al final tal vez logre explicar la razón de las comillas) le es totalmente ajeno el imaginar los atropellos, las injusticias y la represión que se tiene que vivir en tales circunstancias.
El otro día me encontré comentando con mi madre lo desesperante y enfermizo que es Twitter en especial, (usualmente no lo suelo usar, pero por eso de la cuarentena y "las noticias inmediatas" me dispuse a descargármelo). De verdad, es una especie de campo de batalla sucio en el que cualquier cantidad de individuos tras máscaras falsas despotrican unos contra otros, a veces tomando bandos y otros como caudillos solitarios plantando cara a un batallón completo de inverosímiles soldados de la ignorancia, del estrés y el desquicio. Descargando su furia contenida contra cualquier tipo de discurso que 280 caracteres puedan construir.
Las redes sociales y en especial esta se han vuelto un lienzo para desbordar toda la libertad y democracia que creemos y presumimos tanto tener, esa se ha vuelto la democracia a la que aspiramos hoy en día, el poder opinar abiertamente detrás de un seudónimo es aquello que nos hace sentir libres, integrantes activos de la sociedad democrática actual.
Pienso en el gran poder que estas solitarias guerrillas digitales pueden tener sobre las masas, me parecería difícil de creer que hay personas que basen su juicio y sus ideales en estos marranales, sin embargo es una realidad que así lo hacen. Me parece una incongruencia del tamaño de la red que existan personas que pongan más atención en el tweet de un usuario X, que por alguna razón escalo en algún trending que al subsecretario de prevención y promoción de la salud, que diariamente dos veces, repite hasta el cansancio la información oficial referente a la pandemia, frente a periodistas que parece que solo buscan un hilo del que jalar, para así dar rienda suelta a la bandada de epidemiólogos que surcamos las aguas de twitter. Y no es cuestión de ser de izquierda o derecha, rico o pobre, letrado o no, es cuestión de entender que el que nos aqueja hoy, es un tema que atenta contra nuestra misma vida y no es momento para reclamos y politizar la situación, es momento de ser unidos, solidarios y cocientes de que es algo que no superaremos individualmente, después habrá tiempo para lo demás.
Me imagine inmediatamente como las fuerzas militares y policiales de Pinochet hubieran reprimido al instante cualquier comentario en una situación similar, por supuesto que no estoy poniéndome a favor de este, ni legitimando su actuar, pero es una realidad que en sociedades como la nuestra, esta pandemia realmente puede atentar en convertirse rápidamente en una catástrofe.
Viendo un mini-ducumental de la cuarentena en Wuhan y en Pekin me impresione de la cooperación de la sociedad, no necesariamente fruto del respeto al virus si no, de respeto al régimen. Con partidarios civiles en cada esquina, mismos que funcionan como los ojos y voz del régimen, le permitían mantener un estricto control de las calles y de las personas que transitaban en ellas, se controlo la situación en el epicentro de la tragedia sólo dos meses después.
Es irónica la situación, la única forma que conocemos para frenar esta catástrofe es manteniendonos separados y para hacer esto debemos estar unidos.
Lo triste de esto, es que nos estamos demostrando que tal vez los únicos ingredientes comprobados para mantener unido a un pueblo, o al menos mantenerlo con el mismo objetivo es a través del miedo y el control..
Y me acabo de dar cuenta también que tal vez mi celular se jodió por descargarme Twitter :(
En fin, mañana será otro día, esperamos aquí seguir.


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